Estoy en Shanghái. Segunda vez en mi vida. Y, como la primera, vuelvo a sentir esa mezcla de fascinación y desconcierto que te genera estar en un lugar donde todo funciona… pero nada funciona como en casa.
Aquí el respeto no se exige, se da por defecto. El agradecimiento no se pronuncia una vez: se demuestra veinte veces. Y las formas importan tanto como el fondo.
Una inclinación leve, un silencio a tiempo o una palabra elegida con precisión dicen más que un discurso entero.
Vivirlo de cerca te deja claro que los chinos llevan el respeto y la gratitud a un nivel casi artístico. No lo hacen por protocolo, sino por convicción. Han entendido que reconocer al otro no te resta, te engrandece.
Viajar a estos lugares es un entrenamiento intensivo de empatía y humildad. Te obliga a revisar lo que consideras “normal” y aceptar que lo normal es simplemente lo que tú vives, no lo que el mundo es.

Pensamos que somos abiertos… hasta que alguien no hace las cosas como nosotros las haríamos
Y en medio de todo esto, me vino a la cabeza algo más personal. En marzo de 2016 el maestro Jorge Salinas me facilitó mi test de MBTI, y descubrí que soy un INTJ. (Si buscas en Google estas siglas, lo entenderás enseguida…😉)
Ese día entendí que no solo somos distintos por cultura, sino también por estructura mental. Que mi cabeza tiende a analizarlo todo, a buscar lógica en lo que a veces solo necesita tiempo, paciencia, o contexto.
Desde entonces aprendí que no puedes entender las diferencias si no sabes desde dónde miras tú. Tus creencias, tus formas de pensar, tus automatismos… son tu filtro del mundo. Y cuando tomas conciencia de eso, empiezas a mirar con más curiosidad que juicio.
En un mundo obsesionado con tener razón, viajar te enseña que entender vale más
En el trabajo, en casa o en la bici pasa igual.
Cada persona pedalea distinto: unos disfrutan del paisaje, otros de la velocidad. Y los INTJ… bueno, solemos ir pensando en cómo rediseñar el entrenamiento para la próxima semana, mientras los demás charlan del desayuno. 😅
Así que sí, hoy en Shanghái he vuelto a entrenar las diferencias. A escuchar más y explicar menos. A admirar ese respeto silencioso que, sin decir una palabra, te enseña a mirar el mundo con más gratitud.
Y aquí lo dejo, porque esto de conocerse —de verdad— da para otro post. 😉
Y tú, ¿con qué frecuencia entrenas las diferencias en tu día a día?
Mientras te lo piensas, te regalo esta canción 🎶 ❤️






Bella reflexión, Alejandro. ¡Nivelazo el tuyo, que con un post te da para conocerte de verdad! 😂 Pues la verdad es que últimamente estoy enterando todo lo que puedo esta faceta, aunque yo, más que diferencia, lo llamo juicio y sentencia. O sea, yo mismo hago el juicio y dicto sentencia para que esta diferencia no modifique mis creencias o las justifique según me convenga. Disfruta, gracias y feliz viaje de vuelta.
😂 Me ha encantado eso de “juicio y sentencia”, ¡muy gráfico!
Nos pasa a todos… y más de lo que admitimos.
Tendemos a usar nuestras creencias como si fueran el código penal del comportamiento ajeno.
Supongo que entrenar las diferencias va justo de eso:
de aprender a observar sin convertir cada cosa en un juicio sumario.
Cuando lo consigues (aunque sea por unos minutos), el mundo se vuelve mucho más interesante… y tú, un poco más libre.
¡Gracias por el comentario! Abrazo grande, y seguimos entrenando 💪🏼
¡Qué difícil es escuchar a los demás y admitir sus diferencias, sin juzgarlas! ¿Verdad? Pero cuando lo consigues te das cuenta lo que eso te enriquece como persona…
En fin. Yo ahora tengo una semana por delante para entrenar eso. Espero que este post me ayude.
Por cierto, me he dado cuenta que yo también soy una INTJ de esas… 😜
¡Jajaja! Entonces ya somos dos INTJ en el mismo club, África 😜. No es fácil lo de escuchar sin juzgar, sobre todo cuando tu cabeza va tres pasos por delante analizando todo… pero justo ahí está el entrenamiento bueno. Me alegra que el post te haya servido; al final, entender y aceptar las diferencias de los demás nos hace más completos, aunque a veces cueste un mundo.