Estos días he vivido algo que no se me va a olvidar. Me he subido a algunos de los grandes puertos de los Alpes: Glandon, Croix de Fer, Galibier, Sabot, Sarenne, Alpe d’Huez… palabras mayores. Pero lo más importante no ha sido llegar arriba… ha sido con quién lo he vivido.
Estar varios días pedaleando junto a Luis Pasamontes, David Moncoutié y José Ángel Gómez Marchante no es solo un regalo, es una clase magistral sobre el amor por tu profesión. Y no exagero.
🚴♂️ Ellos ya no se juegan una nómina. No tienen un maillot de equipo. No persiguen podios. Lo que tienen es otra cosa: pasión. Y eso, créeme, mueve más que cualquier contrato.

“Cuando amas lo que haces, no te retiras: simplemente cambias el escenario”
Subiendo esos colosos alpinos, me sorprendía ver la entrega, el esfuerzo, el respeto y la admiración mutua entre Moncoutié y Marchante. Dos ex-profesionales, rivales en su día, hoy compañeros que se hablan con cariño, con reconocimiento. No como enemigos que compitieron por una victoria. Sino como hermanos de fatiga que compartieron la pasión por darlo todo.
Luis Pasamontes, el gregario que sigue tirando del grupo
Luis no solo organiza rutas, Luis construye experiencias, teje vínculos, y crea espacios donde la admiración vuelve a ser un motor vital. Él entiende como pocos que lo importante no es el podio, sino con quién compartes el esfuerzo.
Pasamontes es de esos que lideran sin imponerse. Que cuidan del grupo como cuando tiraba del pelotón para su jefe de filas. Que observan, escuchan y luego te sueltan una frase que te cambia la mirada.

Lo que hacían cuando eran profesionales no se puede entender sin amor:
-
Entrenaban seis o siete horas diarias, con calor, lluvia o nieve.
-
Pedaleaban con fracturas, esguinces o infecciones.
-
Dormían en hoteles de paso, vivían lejos de su familia, pesaban la comida y sufrían por firmar una temporada más.
-
Subían el Tourmalet después de tres semanas de carrera, a más de 35 km/h, con el ácido láctico saliéndoles por las orejas.
-
Han llorado solos en habitaciones sin saber si les renovarían el contrato.
-
Han competido con fiebre, con dolor, con miedo.
-
Han sufrido caídas, rechazos, selecciones injustas, abandonos por agotamiento, accidentes…
Y a pesar de todo eso, o precisamente por eso, hoy siguen montando en bici con la sonrisa de quien no se rinde. Ya no luchan por un contrato ni les sigue un coche de equipo, pero siguen siendo profesionales en el alma.

¿Y si llevásemos esto al mundo del trabajo?
- En el entorno laboral no es tan fácil ver esta pasión desinteresada
- No siempre encuentras personas que lo dan todo, aunque nadie les aplauda
- No es tan común la admiración genuina entre “rivales”.
- No es tan fácil identificar el liderazgo del gregario
Pero imagina por un momento un entorno profesional donde:
- Nos exigiésemos como si nos fuera el alma.
- Cuidásemos los detalles como si estuviésemos en plena etapa reina.
- Nos admirásemos sin competir.
- Volviésemos cada día… solo por amor al oficio.
Y tú, ¿qué crees que pasaría si no hicieses tu trabajo por salario…sino por amor?
Mientras te lo piensas, te regalo esta canción 🎶♥️






Efectivamente, qué bueno es echarle pasión, amor, al trabajo.
Enhorabuena por la experiencia, Alejandro! Abrazo, Cándido
¡Gracias, Cándido!
Tú sabes bien de lo que hablas… Cuando se le pone pasión y amor al trabajo, todo cambia: la energía, los resultados y, sobre todo, el sentido.
Y aunque no siempre es fácil, merece la pena cada vez que logramos conectar de verdad con lo que hacemos.
Abrazo grande y gracias por estar siempre ahí con esa mirada lúcida y generosa.
Alejandro
Enhorabuena, míster, por su nuevo reto deportivo. Estoy de acuerdo con las palabras que me puso Luis Pasamontes en la dedicatoria de su libro «las experiencias deportivas nos enseñan mucho». Este post es una prueba de ello.
A por la siguiente….
Que bonito texto, Alejandro. Podría estar horas contestando, ya que a día de hoy en el ciclismo han aumentado considerablemente el número de caídas y, entre otros factores, una de las posibles causas raíz es la pérdida del respeto entre profesionales. Y allí es donde, a mi forma de entender, habría que matizar y, en vez de «nos admirásemos sin competir», pondría «nos admirásemos y compitiéramos». Creo que la competencia es necesaria, porque valga la redundancia, nos hace más competentes. Pero esta solo es válida desde el respeto, desde el saber que, aun dando la mejor versión de ti, el otro puede ser mejor, sabiendo que, como dicen Pasamontes y González, ganar poco tiene que ver a veces con ser el primero. Gracias por el texto y felicidades por conseguir el reto (con una media espectacular).
¡Gracias, África!
Luis tiene razón: en cada zancada, en cada pedalada, hay una lección escondida.
A veces el cuerpo va por delante de la cabeza, y otras es al revés… pero al final lo que cuenta es seguir avanzando, aunque sea despacio.
Me alegra que el post te haya resonado. Vamos a por la siguiente… porque siempre hay una siguiente, ¿verdad?
Muchísimas gracias por tu reflexión, que es, en sí misma, un pequeño manifiesto de lo que el deporte (y la vida) debería ser. Coincido contigo: la competencia —bien entendida— es una forma de respeto. De reconocer al otro como alguien digno de ser desafiado, sin necesidad de aplastarlo.
Y tienes toda la razón en tu matiz: “admirarnos y competir” suena mucho más completo y más humano.
Porque competir no es negar la admiración… es, muchas veces, su consecuencia.
Ganar tiene poco que ver con ser el primero, y mucho con no perderte a ti mismo por el camino.
Gracias de verdad por leer, por aportar y por recordarme que la competencia limpia también es una forma de compañerismo. Nos vemos en la siguiente meta, pedaleando con respeto y admiración mutua.