Como ya te conté en el post ENTRENANDO LA VUELTA A LOS HÁBITOS, la semana pasada corrí la 21 Leguas en bicicleta de montaña. Una prueba de ultrafondo de 101 kilómetros por mi querida tierra de Ferrol y la costa Ártabra. No es una carrera sencilla: tienes 12 horas para enfrentarte a un recorrido brutal, lleno de subidas, bajadas, y sobre todo paisajes espectaculares. El desnivel acumulado y el terreno pedregoso no ayudan, pero, como siempre, lo que más pesa no son las piernas, sino la cabeza.
Los kilómetros no se cuentan con las piernas, sino con el corazón.
Llegado el kilómetro 65, cuando ya llevaba más de 1700 metros de desnivel acumulado en las piernas, me enfrenté a una de esas cuestas que parece diseñada para hacerte dudar de todo. Con un 20% de desnivel y piedras por todos lados, mi objetivo era claro: no bajarme de la bici. Y aunque al principio parecía posible, cuando estaba a mitad de la cuesta empecé a notar que mis fuerzas se escapaban.

Fue entonces cuando apareció un paisano, de esos que entienden lo que es el esfuerzo y la fatiga. Viendo cómo iba, y tras leer mi nombre en el dorsal, empezó a animarme, y no solo con palabras. “¡Venga, Alejandro, lo tienes!”, gritaba, mientras me daba un pequeño empujón en la bici. No fue mucho, apenas 20 metros, pero el efecto fue inmediato. Ese empujón no solo me ayudó físicamente, sino que me dio la motivación extra para seguir. Era como si me hubiera recargado las pilas en el momento justo.
El verdadero poder de un empujón no está en el impulso físico, sino en el coraje que enciende en tu interior
La verdad es que ese pequeño gesto me recordó lo importante que es tener a alguien que te empuje en los momentos difíciles. No siempre nos damos cuenta, pero a veces todo lo que necesitamos es una palabra de aliento o una mano que nos impulse un poco. Como dicen: “Cree en las energías, porque hay personas que te las consumen y otras que te las recargan”. Ese día, ese paisano fue mi cargador personal, y gracias a él logré llegar al final de la carrera con fuerzas renovadas.

Así que, la próxima vez que te encuentres frente a una cuesta—en la bici o en la vida—acuérdate de rodearte de esas personas que te empujan cuando más lo necesitas.
Y tú, ¿a quién estás empujando cuando se enfrenta a una “cuesta pedregosa”?
Mientras te lo piensas, te regalo esta canción compuesta por mi amigo Pablo Alcalá con mucho cariño y espíritu ferrolano, y mucho apoyo y ayuda de Jaime y Javi. 😉 Os mando muchos besos, amigos ❤️






Ahora ya solo nos queda lo mejor… vamos!!
Abrazo!!!
Así es Molas!!
😘😘😘
Que pasada y cuanta razón!!! Gracias por estos consejos, FERROL MOLA!!!! 🤗😘
Tú sí que sabes Iria 🤗🤗🤗
Cuán cierto es Alejandro que ese pequeño empujón cuando no puedes o no ves claridad para seguir adelante, te hace seguir
Gracias y adelante
Muchas gracias por tu reflexión, Olga
😘😘😘
Mereces cada empujón que recibas!! Tú eres empujón, luz, vitamina, energía… para muchos.
GRACIAS
Muchas gracias Inés, tus palabras son verdadera energía para mí
😘😘😘
Ese empujón… puede ser un “ánimo África” cuando leen el nombre en el dorsal, un niño que te pone la mano para que se la choques cuando pasas corriendo, el que te da una botella de agua en meta (ésa que tenia preparada para otro)… El deporte te brinda muchos momentos así.
También hay momentos así en el trabajo, en el hogar. Solo hay que saber reconocerlos y apreciarlos como se merecen.
Y saber dar empujones a los demás.
Feliz domingo, mister.
Muchas gracias África!!
Ahora que lo dices, estoy detectando más “empujones” en mi día a día de los que tenía en el radar ☺️. Es magnífica la generosidad y el amor de las personas que solo por el interés de que estemos bien, dan lo que tienen para empujarnos en la vida.
Feliz domingo ♥️
Buenos días
Sin duda, cuando uno esta donde tiene que estar, los «empujones» acaban viniendo……… Eres un gran corcho anyway🤣🤣
Muchas gracias, amigo.
Buen enganche con los corchos y los plomos 🤗😉
Abrazo