Hoy conversando con mi socio y amigo Fernando, se me vino a la cabeza una situación que viví hace muchos años. Ocurrió en una época de mi adolescencia en la que mi mayor ocupación y esfuerzo lo centraba en navegar en barcos de vela ligera. Me gustaba mucho, competía y se me daba bien. La vela es un deporte de estrategia, planificación y emociones fuertes, y eso me gustaba. En esta época estaba extremadamente delgado, con una altura de 1,75 pesaba 55 kilos, y esto era una gran ventaja cuando hacía poco viento, y un handicap cuando el viento pegaba duro. En una regata que se celebraba todos los años en Ferrol, la Copa Galicia, se levantó un día de nordeste duro, y yo mientras preparaba mi barco para salir a navegar empecé a dudar. No sabía si sería capaz de aguantar mi barco escorándose mientras yo luchaba por mantenerlo dígnamente a flote. A medida que pasaban los minutos, veía que la fuerza del viento continuaba subiendo. Compartí con uno de mis compañeros del Club de Vela que tenía dudas de mi capacidad para acabar la regata sin volcar. Mi compañero me dijo: “Alejandro, si ves que no puedes, suelta vela, y aunque no vayas directo a la baliza, acabarás llegando sin sufrir tanto”

Esta situación la he vivido navegando en mi barco y también navegando por la vida. El nivel de autoexigencia me lleva en muchas ocasiones a querer ir siempre ciñendo, para llegar directo a la baliza, con el barco totalmente escorado y empleando todo mi esfuerzo para no volcar. Es agotador y muy poco gratificante. Hoy cuando mi amigo Fernando me ha dicho cómo me ve desde fuera, refiriéndose a mí con mucho cariño como “Intenso”, y cuando me ha recomendado elegir cuidadosamente mis batallas, me he visto reflejado en esta foto de la portada del post. Con el barco totalmente escorado, todo mi cuerpo haciendo banda, y sin lograr encontrar el rumbo con el que verdaderamente disfruto: una navegación con viento de popa, con el barco planeando y una sonrisa en la cara.
Por cierto, en aquella regata con tanto viento, no solté velas y volqué. 30 años después sigo igual 🙂
Y tú, ¿estás dispuesto a soltar velas cuando la situación lo amerita?
Te dejo esta canción que me encantaba escuchar en aquella época de mi vida en la que navegaba.






Bonita conclusión Alejandro ser inteligente te lleva lejos
Sabia eleccion. Me recuerda a un invierno, tambien navegando, pero era en el sur, Tarifa. Unos cuantos locos decidimos que era buena idea salir con cometas pequeñas, y «disfrutar» la ciclogenesis de aquel momento. No solo vimos que no se puede luchar contra elementos que estan fuera de nuestro control, por muy fuerte que nos sentiamos mientras preparabamos el material, sino que ademas, lo que nos gusta puede llevarnos a situaciones de angustia. Al volver a tierra, aquellos momentos al pisar firme, fueron inolvidables. Ahora seguimos atrevidos, pero con mas cabeza.
Como buen cabezón que soy, tampoco hubiese soltado velas. A veces esa es la pregunta, otras la pregunta se puede enfocar más sobre la actitud. Comparto el consejo que siempre le doy a un amigo en común «no lo padezcas, disfrútalo».
Magnífica canción.
Buen post, si señor😊.
Yo al final pienso que las personas no cambian mucho una vez que ya tienen un carácter definido. La cabra siempre tira al monte😊.
Con la edad, según van cayendo los años , uno es capaz de recapacitar en su toma de decisiones pero no creo que esto sea definitivo para soltar velas…..