GLACIER 360º_UNAS HORAS EN EL INFIERNO

GLACIER 360º_UNAS HORAS EN EL INFIERNO

31 mayo 2020 8 Por Alejandro

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Los primeros 15 kilómetros fueron muy fáciles. La intensa lluvia de primera hora se había convertido en un fino orvallo, y el viento de cola era un bendito regalo de la naturaleza. Casi sin pedalear por el llano de la pista, éramos capaces de mantenernos a una velocidad de 40 km/hora. Yo comencé a hacer mis cálculos, como solía hacer cuando estaba encima de la bicicleta. “Si conseguimos mantener una media de 30 Km/hora, que no parece mucho teniendo el viento a favor y tenemos 108 km de etapa, en menos de 4 horas estamos disfrutando de la pinchitada de pollo moruno. Pero en poco tiempo las cosas empezaron a cambiar. Fue entonces cuando recordé una frase que había leído días atrás. En Islandia, si no te gusta el tiempo que hace, espera cinco minutos. Y esto, ¿en qué se traducía en nuestra etapa? En que de repente la lluvia comenzó a intensificarse y lo que era una fina llovizna, se convirtió en una lluvia torrencial que nos estaba dejando calados. A la lluvia se le sumó un viento aún más fuerte y racheado, que hacía un magnífico equipo con la lluvia para lograr su objetivo común, que la humedad y el frío se colasen por todos los poros y huecos que ofrecían nuestras ropas y llegasen a nuestra piel con una intensidad que nunca jamás habíamos experimentado antes. Hasta el kilómetro 40 no nos dejamos amilanar por la adversidad meteorológica. Pero nuestra valentía y pundonor no luchaban en igualdad de condiciones con los elementos naturales, y nuestras fuerzas comenzaron a flaquear. Yisus empezó a tener molestias en la rodilla derecha, y yo me estaba quedando helado.

Mis apenas 68 kilos para mi casi 1 metro 80 de altura revelaban las pocas reservas de grasa que yo tenía para protegerme del frío. Entendí en ese momento por qué los nórdicos que participaban en la carrera tenían una constitución menos fitness que la nuestra. La grasa les ayudaba a soportar situaciones como la que estábamos viviendo. Yo siempre he tenido mejor resistencia para el calor que para el frío. Años atrás había ciclado por el desierto del Sahara en la Titan Desert, y me defendí sin mayor problema de los cerca de 50º que llegué a soportar. Para mí el frío era diferente, me estaba entumeciendo hasta tal punto que comencé a dejar de sentir las puntas de los dedos de las manos. Me ocurrió algo similar con los pies, y a medida que iban pasando los kilómetros, esa inactivación de mis extremidades se iba generalizando. Al malestar que esto me estaba causando se le unía algo que me generaba preocupación y me mantenía inquieto. Comenzar a perder sensibilidad en las extremidades superiores me impedía manejar con solvencia la bicicleta, y en estas circunstancias con el viento que nos desestabilizaba y el piso mojado, las posibilidades de caída se multiplicaban. Con mucho sufrimiento y atención, llegamos en el kilómetro 60 al primero de los 2 avituallamientos que tenía la etapa. Los organizadores de la carrera no habían elegido un buen sitio para situarlo. Era el punto más alto de la etapa, y en una zona totalmente desprotegida. La persona que estaba a cargo del avituallamiento lo estaba pasando casi igual de mal que nosotros. Estaba empapado y temblando con cara de esquimal acatarrado. Yisus y yo íbamos buscando lo mismo, algún líquido caliente que nos ayudase a recuperar algo de temperatura. Los dos nos situamos estratégicamente bajo el improvisado techado que protegía la comida. No había sitio más que para 2 o 3 personas con lo que nos hicimos fuertes y disfrutamos durante 5 minutos de un chocolate caliente resguardados de la lluvia. Aprovechamos para sacar el sándwich que nos preparamos en el hotel antes de salir por la mañana, y nos supo a gloria. Uno de los integrantes de la pareja norte americana con la que habíamos coincidido en la etapa del día anterior, se interesó por nuestros sándwiches, no entendía de donde los habíamos sacado. Y cuando se lo contamos entendió que en España otra cosa no, pero en comer y beber, nadie nos gana.

No hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida, pues no tiene la oportunidad de ponerse a prueba.

Finalizado nuestro pequeño festín, nos preparamos para continuar, y me pasó algo inédito. No era capaz de ponerme los guantes. Al estar totalmente empapados y tener mis manos en estado de semi congelación, no conseguía introducir mis dedos. Tras intentarlo durante un buen rato y no ser capaz, opté por ir con los guantes a medio poner. Una dificultad añadida a la colección del día. La sensación cada vez era más dura, y mi cabeza me decía que estaba entrando en una situación peligrosa. Durante los siguientes 15 kilómetros tuvimos momentos en los que la lluvia escampó, pero con la humedad que teníamos encima, nuestro cuerpo ya no distinguía entre momentos con y sin lluvia. Yo no iba bien, cada vez me costaba más sostener el manillar con firmeza y cada vez que pasaba por algún bache o tenía una curva pronunciada, temía por mi estabilidad. Yisus iba muy mal, se quedaba atrás debido al dolor en su rodilla, el frío y el agotamiento. En el kilómetro 85 nos encontramos con el segundo avituallamiento. Llovía menos que antes, y la meta se encontraba a menos de 25 km. Habíamos aguantado hasta aquí, y solo teníamos que hacer algo más de una cuarta parte de lo que ya habíamos hecho para terminar. Yo siempre haciendo mis cálculos, es la manera que tengo de decirle a mi cabeza, que puedo hacerlo. En este avituallamiento nos ofrecieron unas mantas para aumentar la temperatura de nuestro cuerpo. Yisus la aceptó, yo preferí no hacerlo, quería salir cuanto antes para continuar camino y darle cerrojazo a la etapa. En esta ocasión no me quité los guantes. No quería más complicaciones, me tomé una buena taza de caldo caliente, y animé a Yisus a continuar.

El sufrimiento físico aumentaba, pero el estado de ánimo y el convencimiento de que lo íbamos a conseguir, nos ayudaba a minorar el dolor. La pista cada vez era más irregular, con zonas rotas y badenes naturales que se habían formado por la acumulación de barro y piedras. Yisus y yo nos mirábamos y veíamos que ambos temblábamos y vibrábamos como dos batidoras. Ya no sabíamos si los temblores eran por el frío o por el terreno. Lo que sí que sabíamos era que si no conseguíamos llegar pronto a meta, acabaríamos con una hipotermia que nos dejaría fuera de carrera.

El secreto de la felicidad está en no esforzarse por el placer, sino en encontrar el placer en el esfuerzo.

Los últimos 5 kilómetros fueron los más retadores. Siempre pienso que en las carreras exigentes, los últimos 5 kilómetros son los más duros, y son los que marcan la diferencia entre un finisher y uno de los muchos que lo han intentado. Yisus y yo somos finishers de espíritu, cabeza y corazón. Y eso nos estaba permitiendo seguir avanzando hacia la meta sin dejarnos vencer por la extenuación física. Estos últimos kilómetros ya no teníamos fuerzas para hablar, solo pensábamos en llegar, pedaleábamos con nuestra cabeza agachada y mirando hacia el suelo. Cuando levantamos la cabeza pudimos ver un sendero estrecho y pedregoso que giraba a la izquierda, y vimos que al final se encontraba la anhelada meta. Hveravellir highland Center estaba al alcance de nuestra mano, ya solo quedaba un último esfuerzo y dejarnos caer por el último tramo de la etapa que nos facilitaría la entrada en meta. Nada más cruzar la línea de llegada, nos bajamos de la bici. Yo seguía temblando y no era capaz de mantener la bici en pie. Tiré la bici en el suelo, y empecé a caminar hacia una cabaña de madera que había a unos 150 metros.  Mientras caminaba me alcanzó una persona de la organización que me dijo. “Aquí tenéis vuestras maletas, y ésta es vuestra tienda de campaña” Le pedí que me repitiese la última parte de la frase, porque creía haber entendido que hoy dormía en tienda de campaña, y eso no podía ser. Era media tarde, y la temperatura no superaba los 3º, el viento era insoportable, y la lluvia seguía azotándonos. No podíamos dormir en una tienda de campaña. Pese al problema que esta última noticia suponía, no quise en ese momento darle más importancia. Mi prioridad era ir a un sitio caliente, quitarme toda la ropa mojada, ducharme, vestirme con ropa seca y comerme mis pinchos morunos. Así que, cuando se me acercó Yisus a preguntarme qué me había dicho el tipo de la organización, le contesté: “nada, que dice que esta tienda de campaña es nuestra” Yisus tuvo una reacción más violenta que la mía, lo que vino a decir, fue que si él tenía que dormir en la tienda, se volvía a España. Él había preguntado semanas atrás por el alojamiento de esa noche, y tenía un mail de la organización que decía que teníamos una humilde habitación compartida en la cabaña. Yo continué con mi prioridad y Yisus fue a montarle un buen pollo a los de la organización. Al final todo había sido un error, efectivamente teníamos una habitación disponible, que aunque pequeñita y humilde, nos permitiría recuperar temperatura y fuerzas para la última etapa de la Glacier 360.

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