Aprender a Despejar

Polvo de estrellas

19 diciembre 2021

Alguien a quien estimo profundamente y que está seguro por aquí leyendo estas líneas, me dijo una vez que pensamos que nuestra misión es educar a nuestros hijos pero en realidad son ellos los que nos construyen ladrillo a ladrillo.

Ya he comentado con muchos de vosotros lo orgulloso que estoy de que mi hijo Pablo al llegar hace unos meses a su nuevo equipo de fútbol, observara qué es lo que hacía falta en el equipo y se ofreciera a cubrir esa necesidad. Está siendo uno de los mejores porteros de la temporada. Lo más importante, forma parte de un equipo adorable que disfruta moviéndose en la zona templada de la clasificación.

Es de los más bajitos del equipo y a los rivales se les suele oír en el campo : “¡¡ Por arriba, que es muy pequeño!!”. Y es que con 11 años y menos de 140 cm de altura, los 7,5 metros de largo por 2,5 metros de alto que tiene la portería reglamentaria son para echarse a temblar. Eso pensamos los adultos, porque ellos están en otras cosas: en educarnos a nosotros.

El otro día veníamos hablando tras el partido y recordando la oración de la Serenidad (“Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia»). Yo le decía que los balones que le vienen alto no le debían preocupar pues están fuera de su alcance, y que se concentrara en parar los que venían a su altura.

“Papá” – me dijo- “en realidad hay tres tipos de disparos:

  • los que no puedo llegar,
  • los que llego y puedo atajar,
  • los que llego pero no puedo coger. Entonces intento despejar. Y a veces el despeje va fuera, otras dentro, otras hay rechace y vuelven a chutarme.”

El número 1 en nuestros corazones

Me he pasado 2021 intentando atajar todos los balones que me llegaban. Reconozco en las palabras de Alejandro en Feliz por Volver en el segundo aniversario (gracias por regresar a los corazones de todos socio), los estiramientos imposibles que hacemos para llegar a lo que no llegamos. A controlar lo incontrolable. Perdí la perspectiva sobre cosas básicas como que no puedo cambiar el pasado, dejando al resentimiento dar vueltas por el terreno de juego.  Tampoco tuve en el radar que había balones que lo que único que necesitan era ser despejados. Los demás esperan, eso me decía. Vanidad. En realidad, soy yo quien espero que los demás esperen de mí, que sepa atajar todos los balones. Los demás ya lo saben. Soy yo quien necesita aprender a despejar.

Necesitamos la humildad para decir a tiempo esto NO LO SÉ HACER. NO SÉ CAMBIARLO… TODAVÍA. Es la declaración que nos abre al aprendizaje. Y el aprendizaje en el presente, junto con el perdón del pasado y la confianza en el futuro es el camino a la Paz, a la Serenidad.

Esto resume un montón de páginas de “Ontología del Lenguaje” de Rafael Echevarría.

En 2021 salieron a jugar el resentimiento, la frustración y la resignación según iba comprobando que no iba a conseguir algunas metas.  Y en efecto no las he conseguido. Lo que conseguí ni siquiera se parece. 

Los coaches que estáis leyendo, los que habéis pasado por algún proceso de coaching, los que trabajáis en una corporación, los que tenéis vuestro negocio o los que cultiváis un huerto, ya sabéis que si no fijamos metas, no puede haber resultados. Hoy vengo a cargarme, en parte, esta manera de pensar. Sólo en parte.

El río Platte (el rio plano o chato), es un afluente del rio Missouri que a pesar de tener cientos de metros de ancho en su desembocadura no es navegable porque tiene escasos centímetros de profundidad. Con esto de conseguir las metas nos quedamos siempre en la superficie, intentando navegar por el rio Platte. Parece que el proceso se reduce a visualizar la meta, la troceo en objetivos, construyo disciplina y fuerza de voluntad, planifico y voy quemando etapas y… magia. Obtengo resultados. Esta manera de pensar superficial es fuente de sufrimiento.

El río Platte, en Nebraska. En algunos tramos lo puedes cruzar con unas buenas botas.

Volví a ver Matrix con mis hijos hace unos días. Cuando Neo se presenta a ver al Oráculo ésta le pregunta -«¿Crees en el destino Neo?» Neo contesta “No creo en el destino porque odio pensar que no soy yo quien controla mi vida”.

Neo tiene razón. Es cierto que odiamos pensarlo, Pero unos pies en el suelo nos deberían permitir movernos entre la resignación de un destino inamovible y la fantasía del control sobre nuestro futuro.

No me quiero meter con ello hoy, pero vaya por delante que la ilusión de que controlamos nuestra vida necesitamos modularla reconociendo que:

  • El cerebro emocional es mucho más fuerte. Somos unos animales y necesitamos aprender a hablar al Elefante.
  • El entorno es más fuerte. De hecho, es egocéntrico llamarle entorno. No nos rodea, somos una parte minúscula de ese equipo gigantesco y complejo que llamamos entorno y que está constantemente disparándonos balones desde ángulos que ni siquiera hablamos imaginado.

¿Por qué pasamos entonces tanto tiempo poniéndonos metas?

Lo habéis leído seguro muchísimas veces. En realidad el camino es la meta. Y el camino en realidad no existe. Se hace al andar. Lo forman todas las piedras que nos encontramos a medida que lo vamos haciendo. Para los que somos de ciencias.

Metas = Camino

Camino = Dificultades

Dificultades = Aprendizaje  

Aprendizaje = Experiencias

Experiencias = Cambio, mejora profunda

Es por eso. Nos ponemos metas porque gracias a ellas pasamos por un proceso que nos lleva a convertirnos en mejores versiones permanentes de nosotros mismos.

No soy el elegido. Y tampoco me importa.

No manejamos el destino a nuestro antojo, no sabemos casi nada, Somos una mezcla azarosa de hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno. Polvo cósmico. Una mota de polvo como las que vemos pulular a través de un haz de luz en una mañana soleada. Motas de polvo que sufren porque aprendieron que pueden mover montañas si se lo proponen. Y es verdad que pueden hacerlo. Pero no siempre ni en todo momento, ni casi nunca, la montaña que tenían planeada.

Hoy quiero dejaros con la canción que me despierta últimamente por las mañanas, un bello poema indio, de los indios que habitaban esas llanuras por donde transita el rio Platte, hecho himno universal por Kansas. “Dust in the wind”, no somos más que polvo en el viento.

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3 Comentarios

  1. “Motas de polvo que sufren porque aprendieron que pueden mover montañas si se lo proponen. Y es verdad que pueden hacerlo. Pero no siempre ni en todo momento, ni casi nunca, la montaña que tenían planeada”. Touché. Gracias por este post 😘

  2. Querido socio,

    ¡Qué post más bonito lleno de aprendizajes! Como sabes soy un verdadero admirador de la HUMILDAD, y las personas humildes, como tú. Por eso me quedo con la siguiente frase:

    “Humildad para decir a tiempo esto NO LO SÉ HACER. NO SÉ CAMBIARLO… TODAVÍA. Es la declaración que nos abre al aprendizaje. Y el aprendizaje en el presente, junto con el perdón del pasado y la confianza en el futuro es el camino a la Paz, a la Serenidad.

    Un beso

  3. Que bonito Fernando, los niños nos enseñan la visión más sencilla de la vida, sin vueltas de tuerca innecesarias y con la confianza de que al final todo saldrá bien y todo será como debe ser 😌Gracias

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