GLACIER 360º_ENCARANDO LA META

GLACIER 360º_ENCARANDO LA META

7 junio 2020 5 Por Alejandro

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Domingo 11 de agosto

Último día de carrera. Nos despertamos de muy buen humor y con muchas ganas de convertirnos en finishers de la Glacier 360. Nos separaban 111 km de la Gloria que se encontraba en un pequeño asentamiento rural llamado Úthlíð. El despertar fue gracioso, Yisus y yo nada más abrir los ojos nos revolvimos en el pequeño cubículo en el que habíamos dormido y sorteando las ropas húmedas del día anterior que decoraban la habitación, nos dirigimos a la ventana para ver cómo había amanecido el día. ¡Bien! estaba muy nublado y el viento continuaba azotando fuerte, pero la lluvia había desaparecido.

Nos apresuramos a recoger todo el muestrario de ropa húmeda que teníamos distribuida por la habitación, nos uniformamos por último día como ciclistas y nos fuimos a desayunar. Durante el desayuno, un personaje de la organización que se parecía a Pumuki empezó a explicar de manera errática y poco comprensible la etapa del día. En lo que le pudimos entender, confirmó la buena noticia, no había previsión de lluvia, pero también nos dio una noticia menos buena. La etapa discurriría por una zona muy abrupta, y por tanto la carrera tendría un carácter técnico que no era el que había predominado durante las etapas anteriores. La previsión de viento era alta, y en esta ocasión no lo tendríamos de cola, por lo que el esfuerzo físico a realizar sería mayor. Desaparecía el enemigo de la lluvia, y el viento se tornaba como un poderoso elemento contra el que luchar. Algo que no entendimos en ese momento fue la insistencia tanto de Pumuki como de los demás corredores acerca del desnivel de la etapa. Nos resultó extraño porque ninguna de las etapas de la Glacier superaba los 1.700 metros de desnivel acumulado. Esta elevación, en una distancia de 100 km no supone un desnivel excesivo, y la etapa del día estaba en ese orden de magnitud. Más tarde entendimos el porqué de esa insistencia y preocupación.

El día estaba frío, no había ni una mínima presencia de sol, y el viento fuerte y racheado provocaba una sensación térmica verdaderamente baja. Llevamos nuestras maletas al lugar de entrega. Yo miré a mis bolsas y les dije para mis adentros, “en muy poquito nos vemos en meta”. Yisus se había levantado sin dolores y con el cuerpo bastante restituido tras el esfuerzo extenuante del día anterior. Como todos los días Yisus empezó a sacar y meter cosas en su mochila, y a intercambiar complementos y gadgets ciclistas de la mochila a la bolsita porta herramientas de la bici. El trasiego de mete y saca era tremendo, Yisus conseguía mover cosas de un sitio para otro con una velocidad pasmosa, yo creo que en alguna ocasión sacó y metió el mismo objeto del mismo sitio hasta 3 veces. Vaya vicio que tenía el tío. Pero claro, tanto mete y saca nos pasó factura. Yisus se dedicó tan afanosamente a su labor de trilero ciclista, que cuando nos quisimos dar cuenta, ya habían dado la salida de la etapa, y el último de los corredores nos aventajaba en más de 1 minuto. Nos apresuramos a situarnos bajo el arco de salida, para registrar nuestro paso, y nos pusimos manos a la obra para recuperar el tiempo perdido.


Verdaderamente el terreno era diferente. Pistas estrechas, con pendientes más pronunciadas y sobre todo con muchas piedras y rocas volcánicas que dificultaban el paso rápido con la bicicleta. En los primeros kilómetros vimos alguna caída de corredores. Hoy sería un día de riesgo alto tanto en cuanto a la posibilidad de lesionarse, como de romper algún elemento de la bicicleta o tener una avería difícil de reparar. Fuimos adelantando ciclistas, no entendíamos cómo nosotros íbamos comparativamente tan rápido con respecto a corredores que en días anteriores nos costaba seguir. Y descubrimos la clave: el desnivel. Los ciclistas nórdicos soportan muy bien la lluvia, el viento y el frío, y tienen buena capacidad de pedaleo y resistencia en llano, pero en cuanto la senda “pica para arriba” se desfondan. Cada vez que había una pendiente a superar, escuchábamos los exagerados jadeos de nuestros compañeros de carrera, y Yisus y yo, acostumbrados a la escalada de los puertos españoles, les adelantábamos sin mayor esfuerzo. Técnicamente también nos desenvolvíamos bien. No siendo dos ciclistas a los que nos guste arriesgar al límite en las bajadas técnicas, sí teníamos una pericia considerablemente mayor que los nórdicos.
Conseguimos situarnos en una buena posición de carrera, y continuamos pedaleando con ganas e ilusión. El paisaje era precioso, se trataba de un paraje totalmente remoto, plagado de rocas volcánicas que se situaban sobre un suelo compuesto por arena y hierba. Nos pareció muy llamativo por lo peculiar y diferente que era tanto respecto a lo que vimos en las etapas anteriores, como en relación con las sendas que acostumbrábamos a recorrer por España. Sin embargo, tanta belleza tenía como contraparte una enorme dificultad para avanzar. No había un camino claro, nos lo teníamos que inventar, y eso suponía un grado de tensión y de dificultad añadido. Tuvimos varios amagos de caída, hasta que finalmente se produjo la primera, la mía. Aun hoy aseguro que una roca con un tamaño considerable apareció repentinamente por el trazado que yo iba siguiendo. Yo pedaleaba mirando al suelo, y esa roca no estaba, apareció como por arte de magia y le di un fuerte golpe con la rueda delantera de mi bicicleta, de tal suerte que mi bici no pudo continuar avanzando, pero yo sí lo hice, por encima del manillar y recorriendo un par de metros suspendido en el aire hasta que aterricé en el suelo volcánico. Tuve la fortuna de que mi cuerpo encontró un espacio cubierto de arena en el que dejarse caer. Yisus al ver la escena se sobresaltó y corrió hacia mí. Al ver que yo me levantaba sin problemas sonrió y me pidió irónicamente que dejase de hacer el Superman. Yo lo primero que hice fue retroceder hasta donde se había quedado mi bici para comprobar si había sufrido algún daño. Cualquier rotura o avería en la última etapa nos podría dejar fuera de carrera y sería un gran varapalo no ser finishers por motivos mecánicos. Todo estaba bien, y podíamos continuar nuestro camino.
Durante los siguientes kilómetros la realidad que vivimos no cambió mucho, piedras, arena, camino difuso, y viento, mucho viento. Yo me caí un par de veces más, aunque con una escenificación menos espectacular que la primera. Yisus hizo lo propio. No es que este día estuviésemos especialmente torpes, sino que los obstáculos naturales y el viento jugaban en nuestra contra. Nuestra estrategia fue asumir la alto probabilidad de caída, y gestionar la situación minimizando las consecuencias. Estábamos cerca del kilómetro 45, y nos faltaba muy poco para llegar al primero de los 3 avituallamientos de la etapa. No teníamos ni hambre ni sed, pero una parada en el camino nos vendría bien para descansar y sobre todo para pensar y comentar Yisus y yo acerca de cómo afrontar los 65 km de etapa que nos quedaban para culminar la Glacier 360. Cuando ya estábamos divisando el avituallamiento, vislumbramos a lo lejos cómo un ciclista se iba acercando hacia nosotros cargando su bicicleta en mano. Al llegar a nuestra altura pudimos ver que llevaba el cambio de la bici destrozado. Era uno de los riesgos que habíamos conseguido gestionar nosotros en nuestras caídas, pero este corredor no había tenido la misma suerte. Para él se había acabado la Glacier, y ver esta situación nos animó a continuar con sumo cuidado y con una dosis de ilusión extra.

El primer avituallamiento, o mejor dicho, el atepenúltimo de la Glacier, nos ayudó a coger fuerzas. La persona de la organización que estaba al frente era un poco friki. Se trataba de un chico de unos 30 años, que había montado su tenderete en mitad de la nada y tenía una música de rock local a máximo volumen, mientras bailaba moviendo violentamente su melena. Supongo que un islandés tras vivir más de 10 meses con temperaturas cercanas a los 15º bajo 0, viento infernal y una violenta lluvia, cuando llega el mes de agosto sale a la calle con ganas de comerse el mundo, y éste era el caso. Le daba igual estar solo en el lugar más remoto del país, repartiendo sándwiches y bebidas isotónicas. Él bailaba y gritaba frases sueltas de una canción poco armoniosa, aunque con mucho ritmo. Yisus y yo volvimos a repetir un pensamiento que habíamos compartido en varias ocasiones durante la carrera: ¡Qué suerte teníamos de vivir en España! El clima, la comida, los precios, el carácter de la gente, todos estos elementos y otros muchos pequeños detalles superaban con creces el aporte que la belleza natural de un país como Islandia, nos había regalado durante estos días.
Continuamos nuestro camino con el estómago lleno, y con el ritmo metido en el cuerpo. Estábamos ya acostumbrados al camino rocoso y difuso que habíamos seguido hasta ese punto. A la Glacier le podríamos aplicar el mismo dicho que al clima en Islandia. Si no te gusta el terreno por el que discurre la carrera, espera 5 minutos. Y así fue, de repente el tipo de terreno cambió completamente. Dejamos detrás las rocas volcánicas y la arena, y la etapa comenzó a discurrir por un terreno que no habíamos visto jamás. Se trataba de un camino bien definido, pero con una estrechez que a modo de zanja, iba haciéndose cada vez más profundo hasta un punto en el que resultaba difícil hacer la pedalada completa sin chocar con las paredes laterales del sendero. 

“Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”

Mario Benedetti

En la Glacier 360 nos encontrábamos en la etapa 4, después de haber pasado una etapa 3 de absoluto sufrimiento, y acumulando una incomodidad tremenda por nuestra falta de costumbre a las bajas temperaturas y al viento. Teníamos por delante casi 60 km que se antojaban complicados. Recuerdo que se me vino a la cabeza el comentario que Yisus me había hecho en la cena que tuvimos en mi casa el 20 de octubre: “He visto una carrera en Islandia en la que se da la vuelta a un Glaciar, creo que son 4 días y por los tracks que he visto no parece muy dura, la carrera se llama Glacier 360” Es cierto que solo 4 días, y con la información que nos ofrecían los tracks, la conclusión fácil a la que llegamos con nuestra visión y nuestras creencias era que la carrera no sería muy dura. Pero nos faltaba información, o más bien, nos faltaba tener un punto de vista diferente, mirar la realidad con otras gafas. Nosotros habíamos evaluado la carrera con unas creencias que nos hacían pensar que la dureza de una carrera estaba condicionada fundamentalmente por 2 variables, la distancia y el desnivel. Era la experiencia que habíamos tenido durante todos los años que habíamos estado haciendo carreras. Esa creencia nos llevó a concluir que otros elementos como la climatología o el terreno, no tendrían un impacto determinante en el nivel de dificultad de la prueba. Nada ganábamos lamentándonos por nuestra visión limitada de la realidad, y ahora lo que queríamos era poner toda la carne en el asador, y dar que hablar a nuestra llegada a meta. Nuestro final de carrera tenía que ser especial, los únicos españoles que participaban en la Glacier 360 de 2019 debían ser recordados.
Con mucho esfuerzo y algún que otro tropiezo menor, conseguimos superar los estrechos senderos zanja con los que nos encontramos. Nuestra mayor preocupación era no quedarnos enganchados en las paredes laterales y salir despedidos por encima del manillar. En una caída de ese tipo, la fractura de clavícula era el premio más habitual. Yo, en mi vida deportiva he sido galardonado con 2 reconocimientos de estas características.
En el kilómetro 70 llegamos al segundo avituallamiento, el penúltimo de la Glacier 360. El hambre y la sed nos venían apretando desde unos kilómetros atrás. El esfuerzo y la tensión de los senderos nos habían requerido un extra de energía y nuestro cuerpo estaba reclamando su recompensa. Nos abalanzamos a por los víveres que estaban más accesibles. Echamos de menos la música local con las que nos había deleitado el joven melenudo en el anterior descanso. El ritmo de la música lo estaba supliendo un norteamericano que no dejaba de bramar mientras hacía unos movimientos contorsionistas extraños. Mientras estaba inmerso en este proceso, otro corredor francófono se le acercaba y le preguntaba en un inglés afrancesado cómo se encontraba. Cuando vi la escena, le comenté a Yisus “malo será que no ganemos a esta pareja, el norteamericano va realmente jodido”. Bromas aparte nos acercamos a preguntarles cómo se encontraban, y el norteamericano nos dijo que se había caído en la primera bajada de la etapa, y que creía que se había roto alguna costilla. Era impresionante, había superado los difíciles 70 km por los que habíamos avanzado hasta ese momento, con una fractura de costillas. Solo de pensarlo se me saltaban las lágrimas de dolor. El norteamericano estaba entregando la cuchara, no podía más y abandonaba a tan solo 41 km para llegar a meta. Tenía la cara desencajada por el dolor, y se sentía incapaz de seguir. Su compañero, que resultó ser belga, nos preguntó si se podía unir a Yisus y a mí, nos comentó que se le hacía muy duro continuar solo, y que yendo en nuestra compañía se sentí fuerte para terminar. Yo le comenté que nosotros queríamos ir a un ritmo tranquilo, que no teníamos ningún inconveniente, y él acepto de buen grado el condicionante. Nos presentamos Yisus y yo, él nos dijo que se llamaba Frank.

La llegada de Frank supuso un cambio para el tandem que hasta entonces habíamos formado Yisus y yo. En nuestra vida deportiva nos habíamos aliado en muchas ocasiones con otros corredores para afrontar una etapa o parte de ella, pero nunca nos habíamos encontrado con una situacion como la que vivimos con Frank. Aprendimos mucho de él, y nos ayudó a ser más conscientes de todo lo bueno que había en nuestra relación, cultivada a través de muchas salidas en bici juntos caracterizadas por el compañerismo y el trabajo en equipo.

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