Cuentan en los blogs de crianza que la etapa del «¿por qué?» en los niños se sitúa entre los 2 y 4 años. En mi casa se prolongó hasta bien entrados los 7 y ahora que los mayores rozan la decena, se ha instalado con nosotros una temible variante: «Y esto, ¿por qué lo tengo que hacer yo?». Y los padres pensamos que un «porque lo digo yo» no valdrá de nada. O puede que sí.
Siendo niños descubrimos el lenguaje, y a partir de ese momento contamos con la herramienta definitiva para comprender el mundo que nos rodea. Un mundo que aprendemos a explicar en forma de relaciones causa-efecto. Y en esos años complicados que empiezan cuando aparece una cifra en las decenas de la edad, hay causas-efectos que dejan de ser evidentes. Yo creo que la pregunta «Y esto, ¿por qué lo tengo que hacer yo?» no dejamos de hacernosla nunca. Otra cosa es que seamos consciente de ella. ¿Por qué habría de privarme de esa postre si me apetece?. ¿Por qué seguir ese plan de entrenamiento que me lleva a la extenuación?. ¿Por qué esforzarme por cultivar aquello cuyos frutos son inciertos?. Si no somos conscientes de que nos hacemos las preguntas, difícilmente podemos encontrar respuestas. Pero bueno, ahora ya sabemos que la pregunta viene de serie. Que encontremos una respuesta, no es recomendable, es vital.
El año en el que nací (y algun@ de vosotr@s), se estrenó la primera película de la saga Star Wars, Queen lanzó el single «We are the champions» que Alejandro nos regaló en su última entrada y se jugó en España la primera edición de la Copa de fútbol bajo la denominación de Copa del Rey. También en ese año, Ellen Langer, la profesora de psicología que 30 años más tarde contribuyera a democratizar el conocimiento del mindfulness y la conciencia plena, realizó junto a su equipo de la Universidad de Harvard una investigación cuyos resultados puede que te den alguna clave.
En aquella época las máquinas fotocopiadoras congregaban largas colas de individuos que aguardaban religiosamente su turno esperando que los que estaban por delante no realizaran demasiadas copias. El equipo de Langer eligió al azar individuos que se encontraban en la cola de la fotocopiadora en una biblioteca. A un primer grupo se le hizo la siguiente pregunta:
- «Disculpe, tengo 5 hojas. ¿Me permite utilizar la fotocopiadora?» ,
A un segundo grupo de individuos, se le planteó la misma petición, con una leve modificación:
- «Disculpe, tengo 5 hojas. ¿Me permite utilizar la fotocopiadora porque tengo mucha prisa?»
Puede que no os sorprenda que a la segunda petición el 94% de los individuos contestara positivamente, mientras que a la primera petición sólo lo hiciera el 60%.
Pero ahora viene lo bueno.
Se pusieron a la cola una tercera vez y preguntaron a otros tantos individuos:
- «Disculpe, tengo 5 hojas. ¿Me permite utilizar la fotocopiadora porque… tengo que hacer unas copias?»
Lo increíble es que este último «porque» consiguió un 93% de éxito, prácticamente el mismo resultado que cuando los miembros del equipo adujeron una causa «razonable».

«Quien tiene un porqué, encuentra el cómo».
El estudio de Langer, que encontré estupendamente descrito en el libro Influencia: la psicología de la persuasión, de Robert Cialdini, nos deja algunos aprendizajes.
En primer lugar yo quedé impresionado de la cifra de éxito a la hora de saltarse la cola, más de la mitad de las ocasiones, cuando no aportaron razón alguna. Lo que viene a corroborar que la vida premia que tomemos acción. Puede que los resultados a veces nos sorprendan.
En segundo lugar, el «porque» (junto y sin tilde) que precede a un razonamiento, es un disparador para el cerebro que calma la necesidad de relacionarlo todo y da sentido inmediato a aquello que vamos a hacer. Por eso, un primer ejercicio a entrenar es decirnos de manera automática «Lo hago porque…», y completamos la frase, con lo que sea, aunque no tenga sentido. El estudio de Langer concluye que es muchísimo más probable que realicemos el comportamiento si asignamos conscientemente una razón a través del «porque». Te vendrá bien recordarlo ahora que los comerciantes están en plena campaña de San Valentín ya que todos han leído a Cialdini y te están ofreciendo en bandeja un porqué que justifica comprar ese regalo de última hora.

Para finalizar, yo te invito a que, ya que vas a empezar a entrenar el «lo hago porque….», busques completar la frase con eso que sea verdaderamente significativo para ti. Tanto si te preguntas por algo práctico como si quieres averiguar los grandes porqués de tu vida, recuerda que la respuesta hace referencia a un motivo, una finalidad o una creencia. A algo que te mueve, algo hacia lo que quieres moverte o algo que crees forma parte de ti.
Solemos visualizar el «qué» y el «cómo» pero no muchos tienen claro el «por qué». «Quien tiene un por qué, encuentra el cómo». Nietzsche no lo dijo exactamente así («quien tiene un porqué puede soportar casi cualquier como«), pero la adaptación de la frase recoge la esencia. El esfuerzo para lograr cualquier resultado es un cómo, difícil de sostener sin el porqué.
Si este tipo de entrenamiento os parece interesante, dejadnos vuestros comentarios en el blog, por whatsapp, por correo electrónico, como prefiráis. Vuestra opinión es vital. Y vuestra ayuda para difundirlo.
Porque sin vosotros no existiría entrena10.com
Os dejo con la canción que inspiró este post, de los talentosos Les Luthiers, amable recuerdo de mi infancia 🙂
¡Feliz día!
PD. Os animo igualmente a que nos hagáis llegar cualquier errata en el texto. Hoy me la he jugado con los famosos por qué, porqué, porque y por que.






Meeeennncanta tu post Fernando! Muy interesante el estudio de Langer si! Buen ejercicio para engañar a la mente habladora. Lo probaré en mi día a dia. Y gracias por tu guiño!😊
Gracias Estefanía!! Eso es, fingir las razones cuando no se encuentran o rebuscar para encontrarlas de manera definitiva 😉
Está editado de nuevo el post y ya aparece el vídeo. Muchas gracias por avisar!!!
Gracias por el post. En mi opinión las palabras de Nietzsche encierran toda la sabiduría de las personas proactivas, de las que les gusta tomar el control de sus vidas, de los que cada día disfrutan la vida y sobre todo como esta se ajusta a lo que ellos proyectan como debería ser, porque desgraciado de aquel que no viera ningún sentido en su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad en vivirla, ése estará perdido y será manipulable e infeliz.
Gracias por tu apunte Moisés. Viktor Frankl, que llevó como bandera ese lema de Nietzsche , lo encarnó en su experiencia viviendo uno de los “cómos” más terribles que se pueden vivir, para después regalarnoslo
Condensado en “El hombre en busca del sentido” para mí el libro que encierra el mayor aprendizaje para la vida. Gracias por seguirnos 😉